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14 กันยายน

Los años de mi viejo

A mi viejo
 
 
Lleva más de una hora sentado en el mismo lugar, observando como se rompe en gotitas el cielo. Repasa una y otra vez sus añoranzas de no se que lugares, que sonrisas, que tiempos, que pieles. De vez en cuando chupa un poco su pipa, por mero hábito y suspira discretamente. Aún puede suspirar, uno podría esperar que después de tanta respiración regular, los suspiros que son como una mutación, se fueran agotando, yo por ejemplo, he suspirado tanto que la respiración se me está acabando; parece que en el Viejo no es así.
 
La primera vez que lo vi, yo era tan pequeño que apenas caminaba, pero recuerdo que él entonces ya estaba arrugado, como si cada año hubiera pasado por su rostro con una cicatriz. Ahora lo comparo con aquella imagen y no me parece que haya cambiado mucho, quizá más canas y menos brillo en los ojos, sobre todo eso, tal vez también eso se desgasta, al llorar o al mirar hacia atrás. Puede ser culpa de sus fantasmas, cómo los llevará a cuestas, que nostalgias las de un viejo, si yo apenas puedo con mis 17 años de pasado.
 
 
 
 
 
 
Es tan reciente e ingenuo y sin embargo cree que ya es un hombresote. A veces le hablo, finjo que no recuerdo que esa anécdota ya la conté, entonces el me mira con los ojos llenos de comprensiones; hago un gesto cualquiera y él supone que hay un significado que desenterrar, entonces pone su cara de ser un experto en mi, de conocerme a fondo.
 
Pero en este momento lo estoy cuidando y sé que el piensa que miro la lluvia, después de tantos monzones, lloviznas, tormentas, él piensa que me interesa ver una más.
 
Me irrita que siempre esté ahi, se siente obligado a cuidarme. Es cierto que es mucho lo que hemos compartido, él era un jovencito apenas así de alto, unos 2 ó 3 años, vivía con su madre pero ella trabajaba todo el día. Fui yo quien lo enseñó a pescar, quien lo llevaba a recoger conchas, en ese entonces me gustaba jugar con los niños, siempre riendo, siempre llenos de inocencia. A veces él quiere recordar y me invita a la playa, yo invariablemente rechazo la oferta y él piensa que no quiero escucharlo. No es eso, es que ni el mar ni yo somos los de antes; yo soy de los años y él de los turistas.
 
 
 
 
 
 
El Viejo, siempre el Viejo. Una vez en mi cupleaños me regaló un trozo de madera en forma de bote, tallado con su paciencia, con su amor irascible de anciano nostálgico, él no lo sabe pero aún lo conservo.
 
Extraño al Viejo de entonces, aquel que una vez por accidente llamé papá. Ahora lo encuentro irreconocible, ya no hay dulzura o ira en su voz, no hay bendición, tan sólo una tristeza densa y antigua que se le pega al cuerpo, como sal de brisa marina y mira el asfalto con la certidumbre de esta su ciudad ya sin cangrejos ni mar y en las trdes de viento y otoño llora un poco y en silencio, con el recuerdo de todo lo que no vuelve.
 
 
 
 
                      Princesa Helado
09 กันยายน

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Hace tiempo le regalarón una rosa

se qdo inmersa en su aroma y color..

xro hoy las spinas se le clavaron en los dedos... y la han hecho llorar..